lunes, 18 de junio de 2012

Paul camina de nuevo.

Paul escucha el grito de su negativa, rotundo eco de deuda en su cabeza, acompañando a su musa, la música de amigos de familiar melodía. Cabezonería que lo obligó en su tiempo a la conclusión de hechos que hoy no se explica y que el tiempo los dobló para meterlos en el cajón de las camisas sucias y frías. Tanta ropa se amontona encima, que ya no se acuerda del color de sus puños, ni el tacto duro de su cuello afilado que tanto le divertía. ¿Cómo lavar suciedad invisible sin saber su causa, ni recordar el momento?. Tampoco duda de su autoría.

Ahora solo puede reconocer que no sabe si es el tiempo, el que pasó o el que tiene en el acto, ese que tanto vale perder en sonrientes momentos. La idea no fue suya, ni la pensó en aquel tiempo, un perdón que no quiso pedir, ni necesitó, pues cuando hubo dolor dejarlo sanar pensó lo correcto.
Y a decir verdad, no hay arrepentimiento. Aprender es saber y si ama al conocimiento, no pone en duda que arrepentirse traiciona a sus pensamientos.

El camino termina y las deudas ha de saldar.

Paul camina de nuevo hacia el faro de una ciudad en  movimiento, con barcos, río, puerto pero sin luz cegadora en lo más alto de sus más altos momentos. Vidente perdido, atento, cambiante.

En un camino agradable, el trayecto más corto, no suele ser el más recto.